“Nada es tan terrible”
Es algo que creo profundamente y que me ha permitido hacer más llevaderas muchas cosas, sobre todo mis propios fracasos.
Y estoy consiente que suena como optimismo inocente.
La realidad es que la mayor parte de las cosas que no nos resultan, o los pequeños fracasos diarios que tanto nos angustian, son solo “ruido”. Estas cosas rara vez determinan nuestro futuro; y menos alteran nuestra identidad en Cristo, es más, a menudo no significan nada en cuestión de semanas o días.
Pero con los años me he dado cuenta que para hacer propia esta frase uno debe reformular como ve el éxito y el fracaso a la luz de la providencia de Dios.
Comprender, por ejemplo, que “todas las cosas ayudan a bien” (Romanos 8:28) no se trata de que al final todo saldrá perfecto. Se trata de confiar en el Artífice del camino y entender que Él usa incluso nuestras caídas para moldearnos.
Al final, como dice el apóstol Pablo, la eternidad y su peso de gloria valen infinitamente más que este mundo y sus afanes temporales.
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27 de marzo de
2026
cosmovisión, personal